El afortunado
La mañana en que me dijeron que no moriría jamás, yo estaba de rodillas arreglando un inodoro en el baño de invitados del alcalde.
Me llamo Elwood Pike. Tenía cuarenta y un años, era ayudante de fontanero, con la espalda hecha polvo y una esposa llamada Clara que era mucho más buena de lo que yo merecía. El hombre de la Oficina de Perpetuidad me encontró con el brazo metido en la cisterna. Llevaba un traje gris y se comportaba como quien entrega flores en la dirección equivocada.
—Señor Pike —dijo—, ha sido usted seleccionado.
Funciona así. Cada treinta años el gobierno regala exactamente una dosis del suero. Es la ley, y la ley está muy orgullosa de sí misma. A un ciudadano por generación se le permite vivir para siempre. Todos entran en el sorteo al nacer, lo quieran o no. Las probabilidades son peores que las de que te parta un rayo mientras un tiburón te muerde la pierna. Pero alguien tiene que ganar. Aquel año fue un fontanero con la espalda hecha polvo.
Qué suerte la mía.
Me pusieron un esmoquin que no era mío. El Presidente me estrechó la mano en un escenario, había un pastel con mi cara dibujada en la crema y una banda tocó una canción compuesta para la ocasión titulada «Para siempre, amigo». Clara estaba en primera fila con un vestido prestado y lloraba, y en aquel momento pensé que lloraba de felicidad. Más tarde comprendí que era más lista que toda la banda junta.
El suero sabía a refresco sin gas. Esperé a sentirme eterno. Me sentí como un fontanero con esmoquin.
Etcétera.
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Después me llevaron a conocer a los demás. Se hacen llamar la Hermandad Sempiterna, que es un nombre grandioso para cuatro personas cansadas en una sala que huele a abrillantador de muebles. Uno por generación, hacia atrás en el tiempo, así que sólo quedábamos un puñado de todos los años que el programa llevaba funcionando.
Estaba la señora Adeline Frost, que había ganado noventa años antes que yo. Había sido maestra. Me dijo que había leído todos los libros jamás escritos y que ahora los leía todos por segunda vez, por si se le había pasado algo. Tenía los ojos de una mujer que busca una salida en una habitación sin puertas.
Estaba un hombre llamado Cortez, que había ganado treinta años antes que ella y no pronunciaba una frase entera desde hacía décadas. Se sentaba junto a la ventana y miraba el tráfico. El tráfico era la cosa que había decidido que le interesara. Servía tan bien como cualquier otra.
—Convendrá que elija algo —me dijo la señora Frost—. Algo que le interese. Tiene que durar.
Le dije que a mí me interesaba volver a casa con mi mujer.
Sonrió como se sonríe a un niño que todavía no sabe lo que es un hospital.
Clara y yo tuvimos un hijo. Le pusimos Dennis. Me gustaría hablarles de Dennis, pero en ninguna historia cabe una persona entera, así que les contaré sólo lo importante.
Se hizo viejo.
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Eso es lo que no ponen en el pastel. Nace tu hijo, le enseñas a montar en bicicleta, parpadeas y es un hombre canoso con los ojos de tu mujer y una tos que no se le quita. Me senté junto a la cama de Dennis cuando él tenía ochenta y tres años y yo seguía teniendo cuarenta y uno, y me cogió la mano y me llamó papá, y luego se fue, y yo fui el hombre de aspecto más joven en el funeral de mi propio hijo.
Clara se fue cuatro años después. Me hizo prometer que mantendría encendida la luz del porche. Decía que una casa con el porche a oscuras parece que nadie la quiere. Luego me apretó la mano y se detuvo.
Llevo mucho, muchísimo tiempo manteniendo encendida la luz del porche.
Qué suerte la mía.
La Hermandad se reunía una vez al año, todos los años, para siempre. Dejamos de celebrarlo. Sobre todo contábamos. Contábamos a los que habíamos sobrevivido: las esposas, los maridos, los hijos, los presidentes, los países. Adeline Frost llevaba la lista en un libro de cuentas. Cuando se llenaba uno, empezaba otro. Tenía un estante entero. Decía que la lista era lo único que aún parecía vivo, porque era lo único que seguía moviéndose.
Para entonces ya la entendía. Sólo me había costado cien años.
El sorteo siguió regalando su única dosis cada treinta años, y cada treinta años un desconocido con un esmoquin prestado se unía a nosotros, radiante, convencido de haber ganado algo. Dejamos de intentar explicárselo. Parecía cruel y, además, nunca nos creían. No se le puede describir el ahogarse a un hombre al que acaban de entregarle el océano entero diciéndole que es suyo.
Etcétera.
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Y un año, sin más, el país se detuvo.
El país no: el programa. Un nuevo gobierno decidió que el sorteo era cruel. Hubo estudios. Hubo audiencias. Un senador joven de dentadura excelente se levantó y dijo que era inhumano condenar a un ser humano al para siempre, y todo el mundo aplaudió, y tenía razón, y a nosotros no nos sirvió de absolutamente nada. Acabaron con el sorteo. No más ganadores. Quedaron muy orgullosos de sí mismos. La ley volvió a estar orgullosa de sí misma.
Lo que no pudieron hacer fue recuperar las dosis ya administradas.
Así que no viene ninguna generación nueva. Sólo estamos nosotros: las existencias sobrantes de un producto descatalogado, en el estante, pasada la fecha impresa en el fondo. Adeline lee sus libros por tercera vez. Cortez mira el tráfico, que ahora es más escaso. Y yo mantengo encendida la luz del porche de una casa donde no vive nadie desde hace doscientos años, porque se lo prometí a una mujer a la que amaba, y una promesa es la última máquina que conozco que todavía funciona.
Le dieron el para siempre al único hombre que menos lo deseaba, y se lo negaron a los miles de millones que rezaban por él, y a eso lo llamaron sorteo, y a mí me llamaron afortunado.
Hoy mismo lo devolvería. Se lo entregaría a usted, con gusto, si entregarlo estuviera permitido.
No lo está.
La luz del porche está encendida. Pásese, si alguna vez anda cerca. Allí estaré.
Siempre estaré allí.