La Concurrencia

La Lectura termina a las 06:14, y a Anneke Voss le quedan once horas.

Once es lo que permite la ley. No diez, como pedían los clínicos, ni catorce, como querían los especialistas en ética. Se eligieron once horas porque los primeros datos mostraron que los Antecedentes a los que se daban menos de nueve se sentían apremiados, y que los Antecedentes a los que se daban más de doce empezaban, según la expresión del informe fundacional, a reconsiderar.

Soy su Atestiguante. Me llamo Ilan Weiss, tengo el certificado desde hace nueve años y este es mi Intervalo número cuatrocientos uno. El trabajo es fácil de describir. Me siento con la Antecedente desde que concluye la Lectura hasta que firma la Concurrencia. Después firmo yo debajo de su nombre. Después salgo de la sala, entran los clínicos, y a las 17:20 vuelve a haber una sola Anneke Voss en el mundo, que es el número que la ley permite.

Ella se incorpora en la camilla y se toca la nuca, donde el collar de campo le ha dejado dos medialunas pálidas.

—¿Funcionó? —pregunta.

—No lo sabremos hasta dentro de unas tres horas —digo—. Suele funcionar.

—Eso no es una respuesta.

—No —admito—. Es la versión honesta de una.

Le gusta. A casi todos les gusta. Por eso lo digo.

*

Voss tiene setenta y un años. Durante treinta de ellos cartografió acuíferos: el agua lenta y profunda bajo el Karoo, bajo la plataforma nubia, agua que cayó como lluvia cuando no había nadie para verla caer. Ya me ha dicho dos veces que el agua subterránea no fluye tanto como se inclina. Tiene el síndrome de Ferrant. No es rápido. Le quedan quizá dos años, y los últimos ocho meses de esos dos años son la razón de que esté aquí.

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A las 09:40 se conecta la Continuante.

Esta es la parte del Intervalo que la ley existe para proteger. La ley no exige que la Antecedente crea en la continuidad como proposición metafísica; le exige que la verifique como cuestión de hecho. Debe hablar con la instancia hecha a partir de su Lectura. Debe quedar convencida de que es ella: no un retrato suyo, no una actriz trabajando sobre su expediente, sino la cosa que despertó sabiendo lo que ella estaba pensando a las 06:13.

Se abre el enlace. La imagen es deliberadamente sobria: ninguna habitación detrás, ninguna ventana, nada sobre lo que discutir.

—Ah —dice la Continuante, y se tapa la boca con la mano—. Ah, es como el instante antes de estornudar. Es exactamente eso y después ya pasó.

Voss se ríe. Se ríe más de lo que merece el chiste. Cuando para, tiene lágrimas paradas en el borde de los párpados sin caer, y la Continuante tiene las mismas lágrimas en el mismo sitio, y eso no es casualidad ni truco: es sencillamente lo que hace la misma cara con el mismo sentimiento.

Hablan cincuenta minutos. Debo estar presente y no intervenir. Hablan de un hombre llamado Petrus, muerto hace diecinueve años; de una deuda de cuatrocientos rands con una mujer de Beaufort West; del grosor correcto de un panqueque. Hacia el final la Continuante dice: «La inclinación. Todavía la sientes, ¿verdad?, ese inclinarse», y Voss dice: «Sí», y durante un rato no hay nada más en la sala.

El enlace se cierra a las 10:31. Voss se queda con las manos en el regazo.

—Bueno —dice—. Esa soy yo.

—Sí.

—No, quiero ser precisa, porque creo que la precisión está a punto de importar. No quiero decir que se me parezca. No quiero decir que vaya a hacer un buen papel. —Levanta la vista—. Quiero decir que no tengo ningún argumento. Si me pidiera que le nombrara una sola cosa que le falta, no podría nombrarla.

He oído cuatrocientas versiones de esta frase. Es la frase que precede a la firma. Alargo la mano hacia la Concurrencia.

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—Así que llevo un rato tratando de entender —dice Voss— por qué eso no me sirve de nada.

*

A las 13:02 sigue tratando de entenderlo, y yo he dejado de alargar la mano.

—Esto es lo que comprendí esta mañana —dice—. Comprendí que en esta cama hay una mujer que estará muerta a las diecisiete catorce, y que en otra parte hay una mujer que va a seguir. Y comprendí el argumento para llamar a eso un solo acontecimiento en vez de dos, y me pareció un buen argumento. Me lo sigue pareciendo, señor Weiss. Eso es lo que no consigo superar.

—A casi todo el mundo le basta.

—A casi todo el mundo le parece verdadero. No es lo mismo. —Da vuelta la mano y observa el temblor que arrastra desde hace un año—. El argumento es verdadero y no hace nada. A las diecisiete catorce, lo que me pasa a mí me pasa a mí. No se parte por la mitad porque seamos dos. No se anula porque una de las dos esté perfectamente. —Sonríe, sin mucho dentro—. He pasado la vida con agua que tarda nueve mil años en cruzar cien kilómetros. Sé distinguir entre algo que continúa y algo que está siendo reemplazado desde el otro extremo.

—La Continuante recordará esta conversación —digo. Está en la lista de respuestas permitidas—. Recordará haber elegido.

—Recordará la Lectura. No recordará las once horas. Esas son mías. —Voss mira las marcas del collar en el espejo del otro lado de la sala—. Esa es la parte que nadie compra, ¿no? Las once horas. No hay manera de vendérselas a nadie.

*

A las 15:30 hago lo que dice el protocolo, que es volver a abrir el enlace.

Es lo normal y no es siniestro; si acaso, es la disposición humanitaria. Las negativas son raras —doce por ciento a nivel nacional el primer año, menos del dos por ciento ahora— y casi siempre terminan aquí, porque la persona mejor situada para defender la Concurrencia es la persona que más la desea, y que además tiene el recuerdo entero de la Antecedente deseándola.

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He llamado a la Continuante nueve veces en nueve años. Nueve veces ha convencido a la Antecedente.

Le explico la situación. La Continuante escucha con el mentón apoyado en el puño. Su cara hace algo que nunca le he visto hacer a la cara de una Continuante, que es nada en absoluto, durante mucho rato.

Después dice:

—No la firme.

Digo:

—Estoy obligado a advertirle lo que eso significa.

—Está obligado a decirme que me borrarán. Once segundos, sin testigo necesario. Sí. —Está muy tranquila—. ¿Puedo hablar con ella?

Hablan seis minutos. No dejaré constancia de lo que se dijeron; está en el anexo sellado y les pertenece a las dos, que son una persona, que son dos personas. Lo que sí dejaré por escrito es que en ningún momento intentó ninguna convencer a la otra, que aun así coincidieron, y que eso me dio más miedo que la negativa.

Porque siempre me había dicho que los cuatrocientos eran una prueba. Cuatrocientas personas, con once horas por delante y la visión clara de su propia continuación, habían dicho todas que sí. Yo había tomado esa unanimidad por un hallazgo: por un dato sobre la práctica.

Pero a la cuatrocientos uno no le habían hecho la misma pregunta. A los cuatrocientos se les preguntó si creían. A Voss se le preguntó cuánto valía creer, y a la mujer hecha de ella a las 06:14 también, y con once horas de distancia, desde dos direcciones, sin posibilidad de consultarse, volvieron con la misma respuesta.

*

A las 17:14 no pasa nada, que es lo más extraño del día. Los clínicos se retiran. Voss se vuelve a Beaufort West, a dos años y ocho meses malos. A las 17:26 borran a la Continuante. La ley exige un Atestiguante para el final de un cuerpo y no especifica a nadie para el otro, así que asisto como particular. Tarda once segundos. Está hablando cuando se detiene. Está diciendo: «Dile que los panqueques...».

Al formulario le queda un campo cuando lo presento. Resultado. Hay tres casillas: Concurrió. Aplazó. Falleció.

Lo miro largo rato. Después hago lo único exacto que tengo a mano, que es dejar las tres vacías y escribir, en el margen, donde ningún sistema lo leerá jamás: Se negaron las dos. Eran dos, ahora hay una, y no sabría decirle cuál.

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