La que se queda

La clienta acude a mí porque soy el último lector de piel honrado del distrito, y porque honradez, en mi oficio, significa apenas que jamás he mentido sobre lo que vi.

Se sienta en la silla que reservo para ellos, la que está bajo la buena lámpara, y se sube la manga por encima del codo, y yo le tomo la muñeca como se le toma la muñeca a los muertos: con suavidad, sin esperar nada. La lluvia trabaja el cristal a su espalda, la luz de sodio de fuera embarrada en largos moratones anaranjados. Bajo la lámpara la marca está ahí. Un enrejado gris justo debajo de la dermis, fino como la escarcha, el ideograma que ninguna impresora del enjambre puede falsificar porque no se estampa sino que se cultiva, se siembra en la médula y se empuja hacia fuera a lo largo de un año, como un árbol empuja una cicatriz alrededor de un clavo.

—Es auténtica —le digo.

Suelta un aliento que llevaba conteniendo, creo, semanas. —Entonces soy candidata.

—Eres candidata —concedo, y no le cuento el resto, porque el resto no es lo que ha pagado.

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Afuera, el distrito sigue vendiendo lo único que le queda por vender, que es el deseo. Pantallas altas como torres pasan las mismas imágenes suaves que han pasado toda mi vida: la mano de una anciana, manchada y temblorosa, disolviéndose fotograma a fotograma en la mano de una muchacha. Ningún nombre de producto. Ningún precio. Hay un solo producto y no tiene precio, solo un coste, y el coste es que solo puede haber uno.

Al voto lo llaman la Contención. Una vez por generación, cuando se confirma que la receptora en funciones se ha ido —y tan rara vez se van—, la ciudad se reúne y elige a un único ciudadano para recibir la quietud: la callada detención del olvido que el cuerpo hace de sí mismo, el fin del largo deshilarse. Uno. No dos. Dos sería codicia, y la codicia, nos recuerdan las pantallas con esa voz paciente, es lo que ahogó al viejo mundo. Así que practicamos la contención. Marchamos por ella. Los niños aprenden las canciones. Todos están de acuerdo, con el pecho entero, en que solo uno puede quedarse; y todos, en la oscuridad privada detrás de los ojos, ya han decidido cuál.

Mi clienta se llama Perel. Tiene treinta y cuatro años y gestiona la logística de una cooperativa de agua, y se ha gastado, me dice, todo, para cultivar esta marca en una clínica que oficialmente no existe, de modo que cuando se reúna la Contención pueda plantarse ante los lectores con el enrejado de una candidata en la muñeca y ser creída. Ha hecho lo único imposible. Se ha vuelto elegible.

—¿Cuánto —pregunta— hasta que lo convoquen?

—Primero hay que confirmar que la receptora se ha ido.

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—¿Y se ha ido?

Miro la marca bajo mi pulgar. Miro la cara de Perel, que es una buena cara, cansada del modo en que la esperanza cansa a la gente. —Pronto —digo—. Estas cosas siempre son pronto.

He leído a cuatrocientos candidatos en esta silla. A cuatrocientas personas les he dicho que la marca era auténtica. Cada una salió a la lluvia un poco más erguida, y ninguna ha recibido jamás la quietud, porque la receptora de esta generación no se ha ido, y la receptora de esta generación nunca va a irse, y la receptora de esta generación soy yo.

Me eligieron hace sesenta y un años. Recuerdo el voto como se recuerda el clima de la infancia: como una condición del mundo, no como un suceso. Recuerdo estar de pie bajo las pantallas-torre mientras la ciudad lloraba de dicha por su propia contención, una vida limpia, salvada de la crecida del deseo. Recuerdo haberlo creído. Era más joven de lo que es Perel ahora.

Lo que nunca dicen en voz alta, lo que derribaría toda la hermosa máquina si se dijera, es esto: la quietud no pasa a otro. No se desocupa. Salvo los accidentes que el viejo cuerpo ya no puede sufrir, la receptora no se va, lo que significa que el asiento no está vacío, lo que significa que no hay voto que celebrar, lo que significa que las canciones y las marchas y las marcas cultivadas en clínicas secretas están todas al servicio de una silla que se ocupó una vez y no volverá a ocuparse. La Contención es real. Solo habrá uno, siempre. Simplemente nunca mencionan que el uno ya ha sido elegido, y que lee piel en un cuarto trasero junto a una calle inundada, y que su trabajo —su único trabajo, el que el asiento le exige— es mantener vivo el deseo. Hacer que la escalera parezca escalable. Devolver a cuatrocientas Perel a la lluvia creyendo que pronto, siempre pronto, el asiento quedará libre.

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Porque una ciudad que cree que puede ser elegida se vigila a sí misma. Marcha por la contención. Delata a las clínicas que cultivan dos marcas en vez de una. Hace la criba que yo tendría que hacer, y la hace por esperanza, que es más barata que el miedo y dura mucho más.

—¿Me avisarás —dice Perel— si oyes algo? ¿Antes de que sea público? Sé que no es… sé que no debería pedirlo.

Y aquí es donde gira, siempre, la pequeña bisagra que he engrasado cuatrocientas veces. Podría decírselo. Dos palabras. Podría entregarle la crecida, dejar que se lleve las pantallas y las canciones y los sesenta y un años que he pasado siendo la excepción que todos acordaron hacer de mí. Lo he deseado. Ciertas noches, cuando la luz de sodio atraviesa la lluvia de cierta manera, lo he deseado más de lo que jamás deseé la quietud misma.

Le tomo la muñeca de nuevo, aunque la lectura terminó hace rato. Su pulso corre veloz bajo mi pulgar, vivo del modo tosco, caro y pasajero en que los pulsos están vivos.

—La marca es auténtica —le digo, y es verdad—. Has hecho lo imposible —y es verdad—. Cuando el asiento se abra, te creerán. —Lo cual es verdad, y nunca se pondrá a prueba, porque el asiento no se abrirá, porque yo no voy a ninguna parte, porque lo decidí hace sesenta y un años, en el segundo antes de que leyeran mi nombre, cuando comprendí qué era el premio y comprendí, en el mismo aliento, que lo tomaría, y que tomarlo significaba que pasaría la eternidad enseñando a otros a desearlo y sin decirles jamás, jamás, la verdad.

Me da las gracias. Se yergue. Sale a la lluvia.

Apago la buena lámpara y me quedo sentada en la oscuridad con mi propia muñeca en la mano, buscando a tientas el enrejado que dejó de envejecer cuando el siglo era joven, y escucho a las pantallas de fuera prometer a la ciudad, con esa voz paciente y amorosa, que solo uno puede quedarse.

No mienten. Esa es la parte que nadie está listo para oír. No mienten en absoluto.

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