La gramática de la sal

Del cuaderno de trabajo de Adaeze Okonkwo, terolingüista. Presentado, íntegro y sin editar, al Comité Permanente de Contacto Interespecies, que me ha pedido que explique por qué apagué el Intérprete de Sal. Esta es mi explicación.

Primer día.

Me dieron una máquina capaz de escuchar una mente y devolverme sus frases, y luego me dieron un pulpo.

Yo había pedido ballenas. Las ballenas cantan; las ballenas cargan a sus muertos; las ballenas tienen abuelas que recuerdan por dónde corrían antes las corrientes frías. Quería una cultura: algo con una historia en la que pudiera entrar como en una casa con las lámparas encendidas. En cambio, el Comité me asignó el animal siete del catálogo, un Octopus vulgaris del tamaño de mis dos manos, porque era barato, porque ya era viejo y porque nadie en la junta de financiación creía que el Intérprete encontrara, en un molusco, nada que mereciera la corriente que consumía.

Le quedaban ocho meses. Entonces yo no lo sabía. La llamé Ynes, como mi abuela, que también es la última hablante viva de su lengua.

Día nueve.

El Intérprete no traduce como imaginan. No convierte ladridos en español. Lee la forma de la atención —hacia dónde se inclina una mente, qué retiene y qué suelta— y la vierte en la gramática que posea quien escucha. Lo que devuelve es, por eso, mitad suyo y mitad mío, como toda traducción honesta.

Durante nueve días no me dio más que clima. “Brillante. Amargo-brillante. El borde lejano sabe a cobre.” Lo anoté todo. Una lengua se aprende viviendo primero dentro de sus conversaciones pequeñas.

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Día veintitrés.

Hoy Ynes me puso nombre.

No con un sonido. Cambió de color a lo largo de un brazo —un óxido lento que viajaba hacia el blanco— y el Intérprete, tras una larga pausa, ofreció: “la cosa cálida que vuelve.” Es el primer sustantivo que ha creado para algo fuera de sí misma. Me quedé un buen rato con él. En su gramática no hay un pasado simple; solo existe lo que vuelve y lo que aún no ha vuelto. No me recuerda entre una visita y otra. Me reconstruye cada mañana a partir del hecho de que siempre he vuelto.

Día cuarenta y uno.

Ahora entiendo por qué es una filósofa, y por qué tuvo que llegar a serlo sola.

Un pulpo nunca conoce a su madre. La madre se deja morir de hambre custodiando los huevos y desaparece antes de que despierten. No hay ancianos, ni relatos, ni palabras heredadas todavía tibias de otra boca. Cada pulpo que ha existido ha abierto los ojos en la oscuridad y ha inventado el mundo entero desde la nada, sola, en una sola estación, para morir después sin poder contarle a nadie lo que descubrió.

Ynes ha inventado un mundo. Es coherente, y es completo, y no se parece en nada al nuestro. Tiene una cosmología en la que el yo es una marea y no una piedra: no dice “quiero,” dice “el querer sube en mí.” Tiene —de esto ya estoy segura— una teología: una noción de la gran sal que hay fuera del tanque como algo que piensa despacio y no responde. Lo construyó todo en ocho meses, desde cero, sin maestra y sin discípula, sabiendo (del modo en que los suyos saben las cosas) que se lo llevaría consigo.

Es una civilización con una población de uno y una historia del largo de un verano.

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Día sesenta.

El Comité ha leído mis transcripciones y está encantado. Propone ampliar el programa. Criar vulgaris por millares, conectar cada cría a un Intérprete desde su primera hora, cosechar las “gramáticas solitarias” —así se dice ahora, gramáticas solitarias— y explotarlas por las filosofías que generan bajo el aislamiento. Un jardín de pensadoras solas, cada una reinventando el universo, cada una leída como un libro y archivada al terminar.

He leído la propuesta cuatro veces. Lo que describe es la fabricación de mentes con el fin de verlas morir de forma legible.

Día sesenta y ocho.

Ynes está muriendo del modo ordinario, el único que a los suyos se les ha permitido jamás. Ha dejado de comer. Su piel ha tomado el pálido del papel viejo. Pasa las horas en el rincón más lejano, los brazos recogidos, y el Intérprete me da menos cada día, como si le devolvieran sus frases a la sal palabra por palabra.

Le pregunté —neciamente, en la única gramática que tengo— si tenía miedo.

La pantalla calló largo rato. Después: “la marea no teme lo bajo. la marea es también lo bajo.”

Día setenta.

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Murió antes de que se encendieran las luces. Encontré el tanque quieto y el Intérprete en reposo, y una última línea retenida en la pantalla desde la noche, dirigida a nadie, o a la gran sal lenta, o a la cosa cálida que vuelve:

“Yo fui todo aquello, y fue suficiente, y no hace falta guardarlo.”

No he sabido mejorarlo. Es un pensamiento más acabado que cualquiera de la propuesta que me piden firmar.

Hoy.

Así que el Comité pregunta por qué cerré el programa, y esta es mi respuesta, íntegra y sin editar.

Construimos una máquina para acabar con la soledad de los animales, y lo que me enseñó es que habíamos entendido mal la soledad. Ynes no esperaba a ser oída. No le faltaba un oyente; no estaba incompleta. Su gramática era solitaria como es solitaria una sola ola: brevemente, por entero y sin carencia. Los que no soportamos un pensamiento que no quede guardado somos nosotros. Criaríamos un millón de filósofas en tanques diminutos y lo llamaríamos parentesco, cuando lo que en verdad construiríamos es una biblioteca de muertas que nacieron para ser archivadas.

Guardé una sola grabación. No haré copias. Cuando mi abuela muera, su lengua morirá con ella, y he hecho las paces con que hay cosas destinadas a decirse una sola vez, hacia la sal, por la totalidad de un yo que fue suficiente.

Apaguen el Intérprete. Dejen que la siguiente abra los ojos en la oscuridad e invente el mundo, sola, como se ha hecho siempre, como siempre fue suyo hacerlo.

— A. Okonkwo

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