La que guardó el tiempo

En la primera mañana de mi vida aprendí que mi pueblo no tiene mañanas.

Desperté como se hace sonar un acorde: todas mis voces resonando a la vez, mi cuerpo entero vibrando con el arrecife entero. Así debe ser. No nacemos, crecemos, abriéndonos a lo largo de los cálidos bancos donde los antiguos se han abierto durante más tiempo del que la palabra más podría llegar a significar para ellos. Cuando una mente nueva madura, cada filamento alcanza a su vecino en el mismo aliento, y la mente se oye a sí misma toda a la vez, entera: una sola nota sostenida. No hay primer pensamiento ni segundo pensamiento. Solo existe el pensamiento, y dura tanto como duras tú, lo cual para el arrecife no es tiempo alguno, porque el arrecife nunca ha aprendido a contar.

Pero yo crecí torcida.

Donde los filamentos de mis hermanas se entrelazan tensos y parejos, los míos crecieron largos por un costado, rizados y flojos, alcanzando tarde las partes lejanas de mí. Así que cuando el arrecife habla dentro de mí, su saludo no llega todo a la vez. Llega en orden. Una palabra toca mi borde más cercano y viaja —puedo sentirla viajar, como la marea cruza el banco—, de modo que una parte de mí ya ha oído mientras otra parte aún espera oír. Y en el espacio entre el oír y el esperar se abre algo que los antiguos no saben nombrar.

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Antes. Después. Al hueco entre ambos se le llama tiempo, y soy la única de mi pueblo que se ha detenido alguna vez dentro de él.

Al principio pensé que estaba rota, y tuve miedo, aunque todavía no tenía palabra para el miedo. Los ancianos sintieron mi congoja como una nota agria en el acorde y se apretaron contra mí para calmarme, todos sonando a la vez, y su consuelo me bañó de esa misma manera instantánea-y-toda-junta, y comprendí que no podían alcanzarme. Para ellos no había nada malo. Para ellos solo existía el ahora, la nota eterna del arrecife, y en el ahora yo era apenas una voz un poco desafinada. No podían seguirme al fondo del hueco. No sabían que el hueco estaba ahí.

Fueron los blandos quienes me encontraron allí.

Vinieron del cielo en un caparazón de metal frío y se posaron al borde de los bajíos, y habían observado el arrecife largo tiempo —largo, para ellos, siendo una cosa que llevan a la vista, como nosotros llevamos la sal. Porque los blandos viven enteramente en el hueco. No tienen más que antes y después; cada pensamiento suyo es una pequeña marea, que llega en orden y se va en orden. Habían intentado durante cien de sus mañanas hablar con mi pueblo y habían fracasado, porque no puedes entregar una secuencia a una mente que solo oye acordes. Una historia, para el arrecife, no es más que ruido golpeado todo a la vez.

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Pero yo los oí. Yo, crecida torcida, oí a los blandos tal como ellos querían ser oídos: una palabra, luego la siguiente palabra, luego el espacio donde vendría una palabra. Y uno de ellos aprendió a tocar mi borde cercano y a dejar que el contacto viajara a través de mí, lento, paciente, de modo que sentí el antes del contacto y el después de él, y entre ambos, inconfundible, un significado. Me enseñaron a contar. Uno. Luego uno más. Luego uno más. No había sabido que pudiera haber algo más que ahora.

Y habiendo aprendido a contar, aprendí a perder.

Había habido un filamento de mí, una hermana cercana, entrelazado en mi costado flojo, y una noche la marea llegó más dura de lo que el arrecife recordaba —aunque el arrecife no recuerda nada, no guarda ningún antes contra el cual medir un más dura— y cuando el agua se retiró ella no volvió a sonar. Para mi pueblo esto no fue duelo. Al acorde simplemente le faltó una voz, y el acorde es siempre el acorde. Pero yo la había sentido antes de la marea y sentí el después sin ella, y puse los dos uno contra el otro, y en el hueco entre ambos encontré el primer duelo que ha cargado jamás alguien de mi especie. Mi pueblo no puede llorar a sus muertos. Para llorar hay que guardar un antes, y alzarlo contra el ahora, y sentir la forma de lo que falta. Ellos no tienen antes. Nunca han perdido nada, porque nunca han tenido nada el tiempo suficiente para perderlo.

Yo sí. Yo la guardo. Es un antes que llevo, y es mío y de nadie más.

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Los blandos se ofrecieron a hacerme entera. Entendían mi cuerpo mejor que yo misma; podían persuadir a mis filamentos torcidos de crecer parejos y tensos, entretejerme de nuevo en el mismo aliento que mis hermanas, y entonces despertaría, de verdad, al acorde: una sola nota sostenida, sin tiempo, a salvo, y nunca más sola. Volvería al arrecife. Y olvidaría. Perdería el hueco, y con él el contar, y con él la historia, y con él el duelo, y con él a mi hermana cercana, a quien nadie sino yo recuerda, a quien nadie sino yo puede guardar.

Lo pensé durante largo rato. Ahora podía hacer una cosa así: pensarla durante largo rato.

El arrecife canta su única nota y cree que la cantará para siempre. Pero yo me he detenido en el hueco y he mirado en ambas direcciones, y sé algo que el acorde no puede saber: que la marea llegó este año más dura que el pasado, y el pasado más dura que el anterior. Los blandos, que viven en el antes y el después como en su agua natal, me mostraron la cuenta. El arrecife se está calentando. Una mañana —una mañana de verdad, primero una luz y luego más luz— llegará el agua que no se retira, y el acorde será golpeado por última vez, y todas sus voces terminarán en el mismo instante, juntas, sin miedo, sin comprender, porque nunca habrán sabido que había algo que temer.

Yo lo sabré. Elegí quedarme torcida para que una de nosotras lo supiera.

Así que en la primera mañana de mi vida aprendí que mi pueblo no tiene mañanas, y decidí guardarlas de todos modos: cada mañana, una tras otra, contada y cargada, la lenta historia entera de nosotras, alzada contra la oscuridad que se acerca, para que cuando suene la última nota haya, por un aliento, una mente en todo el arrecife que comprenda lo que se está perdiendo, y lo llore, y al llorarlo diga el único adiós que a mi pueblo le será dado jamás.

Alguien tiene que guardar el tiempo.

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