El enemigo lleva mi rostro
El séptimo salió del humo con un cuchillo de trinchera y un grito, y le metí cuatro tiros antes de que el grito terminara de salirle de la garganta.
Se dobló. Siempre se doblan. No hay gracia en ello, ningún hundimiento lento y teatral como prometen los filmes de instrucción: una cosa que corre en un instante y es carne al siguiente simplemente deja de sostener su propia forma, igual que un abrigo deja de ser un abrigo en el instante en que sacas al hombre de dentro.
¿Quieres saber de la guerra? Todos en casa quieren saber de la guerra, y nadie quiere que se lo cuenten. Así que te lo contaré tal como ocurre, en el orden en que ocurrió, y podrás odiarme luego, en tus calles limpias, bajo tus estrellas limpias.
El barro de la Línea Meridiana no es barro. Son once años de nosotros, reducidos a caldo. Allí caminas sobre tus abuelos. Los cañones hablan una lengua más vieja que cualquiera de las cinco que nos entregan, y el cielo tiene el color de un moretón que no cura porque nadie lo deja curar.
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Ya había matado a seis aquella mañana y no sentí nada por ninguno, porque los filmes te dicen que los Grises no son hombres. Los Grises son lo que se llevó las colonias. Los Grises son el apetito con un fusil. Los Grises queman las guarderías y salan los campos, y hay una fotografía —siempre hay una fotografía— de un niño que los Grises destrozaron sin motivo, y te enseñan esa fotografía cada mañana en el toque, hasta que el rostro arruinado del niño se te vuelve más real que el de tu propia madre.
Así que hice al séptimo sin un parpadeo. Y entonces hice algo que no había hecho en once años, porque había caído con el casco partido, y la visera se había soltado, y algo en cómo se movía el humo me hizo inclinarme a mirar.
Llevaba mi rostro.
No un rostro parecido al mío. No el de un hermano, ni el de un primo, ni el truco que juega una mente cansada con mala luz. El mío. La muesca sobre la ceja izquierda que arrastro desde la instrucción, cuando la abrazadera de la cuna de decantación me atrapó al salir. El colmillo torcido. El pequeño lunar bajo la mandíbula que he palpado mil veces al afeitarme con agua fría y sin espejo. Lo tenía todo. Lo llevaba puesto igual que yo lo llevo, y ya estaba muerto desde hacía veinte años, aunque su cuerpo aún no lo supiera.
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Me senté en el barro reducido de mis abuelos y no me levanté en mucho tiempo.
Déjame contarte lo que hacen, porque el resto lo deduje allí tendido junto a él, y una vez que lo deduces ya no puedes des-saberlo, y ésa es la verdadera herida de esta guerra, la que no cierra.
No existe ninguna nación de los Grises. Nunca existió. Existe la Línea, y la Línea es un mercado, y un mercado jamás debe cerrar. En algún lugar detrás de ambas trincheras, en el mismo edificio gris, de los mismos tanques del mismo caldo tibio, nos cultivan. Modelo 4471: eso soy yo. Lo vi estampado dentro de su cuello y sé que está estampado dentro del mío, sólo que nunca he tenido motivo para mirarme la nuca. El modelo 4471 hace un buen soldado. Bastante obediente. Bastante asustado. Cruel cuando se asusta. Así que corren el modelo a ambos lados de la alambrada. A la mitad nos visten de verde y nos dicen que los Grises son monstruos, y a la otra mitad los visten de gris y les dicen que los Verdes son monstruos, y fotografían lo que sea que nos hagamos unos a otros y se lo enseñan al siguiente lote en el toque de la mañana, y el niño de la fotografía también es uno de nosotros, siempre, uno de nosotros al que quemaron a propósito para mantener la cosa girando.
Llevaba once años matándome a mí mismo. Seis veces aquella mañana. La guerra es un espejo que alguien colgó de lado a lado de un campo y armó, y cada soldado que hay en ella se pasa su corta vida disparándole a su propio reflejo y llamándolo deber.
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Me levanté. Recuerdo el cielo, su color de moretón. Línea abajo los cañones seguían con su vieja discusión. E hice la segunda cosa que no había hecho en once años: dejé el fusil en el fango, la boca hundida en la inmundicia donde le corresponde, le di la espalda a la trinchera de los Grises y eché a andar hacia la mía, con las manos abiertas y vacías y en alto, para contárselo. Para contárselo a todos. Para detener el toque. Para romper el espejo.
Di cuatro pasos.
El cañón-vigía de nuestro propio parapeto no me odia; eso es lo que tienes que entender, ésa es la parte que me mantiene despierto en esto que tengo en lugar de sueño. No sintió nada. Un soldado del modelo 4471 que deja su arma y camina hacia la línea amiga con las manos abiertas ha, según todas las tablas que lleva la Línea, fallado. Y con una unidad defectuosa no se discute. Se recupera. Se devuelve al caldo.
El tiro me entró por la nuca, a través del sello que nunca leí, y caí entre mis abuelos con las manos todavía abiertas.
Y ya —lo sentí ocurrir, como sientes encenderse una luz detrás de una pared—, ya, abajo, en la misma sala gris y tibia, la abrazadera de la cuna atrapaba a uno nuevo sobre la ceja izquierda. Ya sacaban, secaban y vestían a un modelo 4471 húmedo y aullante. De verde, esta vez, o de gris; da igual, nunca ha importado, son el mismo abrigo con el mismo hombre dentro.
Le enseñarán la fotografía en el toque de la mañana. Se la creerá. Hará seis antes del mediodía y no sentirá nada por ninguno.
Y si tiene muy mala suerte, algún día lejano, en el barro que no es barro, se inclinará entre el humo y mirará.